- El Gobierno de Dina Boluarte, que cumple un mes, pide perdón por la violencia policial pero se niega a renunciar
Renzo Gómez Vega- Lima - El País
Desde una cuesta, con el corazón acelerado y sudando frío, Reynaldo Puma contempló la masacre del último lunes en Juliaca, uno de los pueblos de la sierra sur peruana que se ha levantado en contra del Gobierno de Dina Boluarte. En la avenida Independencia —simbólico nombre que le puso el destino—, en los exteriores del aeropuerto Manco Cápac, distinguió con nitidez la lucha desigual: de un lado, escudos, cascos, bombas, y armas; del otro, palos, piedras y hondas. Podía preverse claramente el desenlace.
Puma no se atrevió a bajar. Menos cuando, en medio del humo ácido de las bombas lacrimógenas, comenzó a escuchar ráfagas de fuego. Sintió un escalofrío. Recordó una antigua matanza en el mismo lugar. En junio de 2011, seis juliaqueños perdieron la vida en su intento por tomar el aeropuerto. Su demanda: la recuperación de un río afectado por la minería informal. Pero esta vez supo al primer balazo que a sus paisanos podía irles peor. Y no se equivocó. Fueron 17 los manifestantes que murieron esa tarde. Se les sumó luego un jovencito de 15 años que agonizó durante tres días.
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