- La ciudad de Culiacán convive entre los vestigios del horror que dejó el jueves negro y la amenaza de que los criminales vuelvan a mostrar su poder armado
Georgina Zerega - Culiacán - El País
La tensión reinaba en el ambiente de uno de los primeros aviones que aterrizó en Culiacán este viernes. El Estado llevaba unas 24 horas completamente aislado y el aeropuerto no había visto llegar a nadie después de cerrar sus puertas a causa de la balacera que el crimen organizado perpetró sobre una nave del Ejército mexicano y un vuelo comercial de Aeroméxico. Una decena de tiroteos y una veintena de narcobloqueos habían espantado lo suficiente a la gente, nadie quería viajar a Sinaloa la mañana de este viernes. Ni las aerolíneas, ni aquellos pasajeros que tenían su itinerario listo. El vuelo de Volaris, una de las pocas empresas que se animó a hacer el viaje, lo hizo con dos tercios del avión vacío, apenas con algunos locales que querían volver a casa y un puñado de periodistas. “Vamos, pero con mucho temor, solo queremos llegar a encerrarnos con la familia”, comenta doña Ana —nombre ficticio por seguridad—, que reside con su hijo en la ciudad.

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