- El hallazgo de una gran cueva en Chichén Itza abre interrogantes sobre la relación del mundo maya con los pueblos del centro de México
Pablo Ferri - El País
Durante varios días, los arqueólogos esperaron a que la serpiente se apartara de su camino. “Era una serpiente coralillo”, recuerda el investigador Guillermo de Anda. Un reptil de unos 60 centímetros de largo, pintada de anillos rojos, amarillos, blancos y negros. El biólogo de la expedición, Arturo Bayona, aseguraba que no era venenosa, pero los vecinos del lugar, conciencia de los arqueólogos, desaconsejaban cualquier desafío. El paso era estrecho, un túnel de 80 centímetros de ancho por 40 de alto. Debían reptar junto a la serpiente, pasarla a cinco centímetros y rezar por su ignorancia: el hastío del ofidio.
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