Jean Meyer / Revista Nexos
Hace poco una
revista de educación me entrevistaba sobre mi trabajo, en particular, y el
oficio de historiador, en general. Una de las preguntas me agarró por sorpresa:
“¿Hay todavía temas tabúes en nuestra historia nacional o gozan ustedes de
entera libertad?”. Sin tomar el tiempo prudente de reflexionar, contesté que ya
no había tabú, menos aún interdicciones, y di como prueba el ejemplo de la
Cristiada. Treinta segundos después corregí: “Perdón, no hay prohibición, pero
sí autocensura y hay temas que vale más no tocar porque uno se espina la mano:
Cortés, Iturbide siguen oficialmente satanizados y, del otro lado, no se puede
tocar a Hidalgo, Morelos, ni con una pluma. Y a Don Benito, ni pensarlo”. En
ese momento olvidé a Porfirio Díaz, que entra en la primera categoría, como nos
dimos cuenta en 1992 con el famoso libro de texto que se retiró de la
circulación, no solamente por su evocación del 2 de octubre de 1968 o por la no
mención de los Niños Héroes, sino por el pecado imperdonable de haber dicho que
no todo fue negativo durante el porfiriato.
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