domingo, 4 de agosto de 2013

EMERGENTES SIN CHISPA

El mundo desarrollado debe adoptar políticas de demanda para compensar el freno de estos países

Ángel Ubide / El País

Cuando en 2008 nos dimos cuenta de que la crisis que se estaba generando en el mundo desarrollado podía ser de dimensiones históricas, el debate rápidamente se enfocó en la capacidad de los mercados emergentes de gestionar la crisis y contribuir a evitar una recesión de gran magnitud. El término que se utilizó entonces era el desacoplamiento, la capacidad o no de las economías emergentes de desligarse de los problemas del G-7. Uno de los argumentos a favor del desacoplamiento era que los países emergentes llegaban a la crisis con unas economías muy saneadas, tras los ajustes puestos en práctica durante la primera década del siglo XXI. Con niveles de deuda pública y déficits bajos, inflación baja y controlada, situación exterior saneada, tipos de cambio flexibles y un fuerte colchón de reservas de divisas, los mercados emergentes pudieron adoptar políticas económicas anticíclicas que les permitieron compensar la fuerte desaceleración del G-7. La credibilidad de las instituciones, sobre todo el éxito general de la política monetaria en la estabilización de la inflación, permitió a los países emergentes acometer bajadas de tipos de interés y expansiones fiscales —lo contrario de lo que se vieron obligados a hacer durante la crisis de finales de los años noventa, cuando las subidas de tipos necesarias para defender los tipos de cambio fijos asfixiaron el crecimiento.

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