El México que hereda la próxima administración está lejos de ser una tierra de promesas
MÉXICO, DF (Apro).- La vida política en México ha tomado un nuevo
ritmo. Descartados con ligereza imperdonable los reclamos de la
izquierda, el espectáculo de la política parece ahora más amable. El
mensaje del presidente Calderón produjo reacciones emotivas; cierto que
los logros que apuntó son muy discutibles, pero las despedidas son
nostálgicas y muchos le agradecen la amistad que le prodiga al próximo
gobierno. A su vez, al nombrar a su equipo de transición, el presidente
electo dio la señal de salida a una nueva etapa de trabajo. Todo sucede
como si la normalidad estuviese de regreso en el país; por desgracia, se
trata sólo de apariencias.
Diversos problemas indican que la realidad es menos halagüeña. El
México que hereda la próxima administración está lejos de ser una tierra
de promesas. El crimen organizado sigue haciendo gala de su capacidad
de organización, de su crueldad, de sus efectos disruptivos. Allí están
los bloqueos de Guadalajara para probarlo. Allí está la balacera de Tres
Marías para ilustrar la poca coordinación existente entre las fuerzas
encargadas de combatirlo. Allí está el silencio de la SRE ante estos
hechos para confirmar el grado de opacidad que envuelve a la cooperación
con Estados Unidos.
A pesar del lugar central que ocupa la violencia y, en particular, el
factor externo como componente esencial para provocarla y combatirla, el
tema no es prioritario en el ideario del gobernante electo. Se habla de
corrupción y transparencia, de reformas estructurales y promesas de
cambio, pero se guarda un silencio cauteloso sobre cuál será la nueva
estrategia para el combate al crimen y sobre cómo se dialogará con
Estados Unidos al respecto.
GIRAS AL EXTERIOR
Hay una opinión generalizada a favor de revisar la estrategia seguida
hasta ahora. Académicos y estudiosos del tema insisten en tres puntos.
El primero, la necesidad de regionalizar el problema, es decir,
definirlo y tratarlo como un asunto que involucra a los países que van
desde Colombia hasta Estados Unidos; de particular interés para esa
regionalización es, desde luego, la relación con Centroamérica. Segundo,
revisar las políticas de criminalización que se han puesto en pie desde
la época de Nixon y comenzar a identificar nuevas formas de regulación
del consumo y comercialización de las drogas, lo cual, en el caso de
algunas, lleva a la despenalización. Tercero, centrar mayores esfuerzos
en los aspectos financieros del crimen organizado, como el lavado de
dinero. ¿Qué piensa al respecto Enrique Peña Nieto?
El único dato firme sobre la lucha contra el crimen organizado que ha
trascendido a la opinión pública ha sido la confirmación del
nombramiento del exjefe de la policía de Colombia como asesor cercano
del presidente electo. No se sabe a ciencia cierta lo que ello
representa. De una parte, puede ser indicio de que el modelo colombiano
de combate al narco, en cuya implementación participó activamente el
ahora asesor en México, es pertinente para nuestro país. También puede
ser indicio de que, por ser una persona con experiencia, su simple
nombramiento infunde confianza a los estadunidenses, quienes han
expresado dudas sobre el camino que podría tomar un gobierno priísta.
Independientemente de que las posiciones todavía no estén definidas,
Peña Nieto inicia ya las giras al exterior. La primera anunciada es
hacia América Latina, con una primera escala en Guatemala. Tengo dudas
sobre lo avanzado que se encuentre el pensamiento sobre qué hacer en
Centroamérica. Será muy posiblemente un amable intercambio de saludos y
promesas de amistad. Sin embargo, no es prematuro aclarar algunas ideas
que están sobre la mesa respecto a la relación con Centroamérica.
TAREA PENDIENTE
Para algunos, la tarea pendiente es elevar seriamente el nivel de
atención hacia la región, incluyendo mayores presupuestos para programas
de cooperación y decisiones sustantivas para mejorar el diálogo con los
mandatarios del istmo, de suerte que puedan delinearse estrategias
conjuntas para el combate al crimen organizado, coordinadas con Estados
Unidos pero con una visión propia. Para otros, esa visión propia es
menos relevante. Se trata de buscar el entendimiento con Estados Unidos y
países como Colombia para decidir entonces cómo "salvar" a
Centroamérica. La posición que se tome en una u otra dirección dará el
tono a la relación con Centroamérica durante los próximos años.
Por lo que toca a Estados Unidos, me he pronunciado sobre la urgencia
de conocerlo mejor. Dada la descomunal influencia económica, política y
social que ejerce sobre México, es preciso que ese país sea estudiado,
analizado, explorado, y se requiere la aplicación de una estrategia en
la que se distingan bien los intereses tan diversos que nos unen y las
diferencias que nos separan. Trabajar sobre lo primero permite
propuestas constructivas; asumir lo segundo obliga a México a trazar
líneas firmes, bien articuladas, que inviten al consenso interno y, si
no a convencer plenamente a Estados Unidos, sí a lograr que sean vistas
con respeto y a que sean tomadas en cuenta para una cooperación por lo
demás indispensable.
Revisar la estrategia en materia de seguridad no es tarea fácil dentro
de la política hacia Estados Unidos; allá son poderosos los intereses
que abonan a favor de mantener la que se sigue actualmente. Algo nos
dice al respecto la plataforma aprobada recientemente en la Convención
Demócrata.
Por su naturaleza, los asuntos de seguridad no son en su totalidad del
dominio público. Es necesario, sin embargo, que, a diferencia de lo que
ocurre actualmente, la política en materia de seguridad, tanto en la
relación con Estados Unidos como con Colombia y Centroamérica, tenga
legitimidad interna. Para ello, como en muchas otras cosas, una política
de comunicación es indispensable. La interrogante de ¿qué piensa Peña
Nieto sobre la seguridad? reclama, pues, una respuesta.
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