Al fin tenemos a Enrique Peña como
presidente electo. Ahora ya puede dedicarse abiertamente a lo más importante:
elaborar un gran programa de gobierno, seleccionando un gabinete eficaz que
produzca resultados desde el principio. Será el mejor antídoto frente a los
obstáculos que surjan.
Hay un tema que requiere reflexión.
Inversionistas extranjeros, empresarios nacionales y algunos funcionarios
llevan años pregonando que el "santo remedio" a los problemas del
país es la "trinidad" de las reformas hacendaria, energética y
laboral. Según esto, con un gran simplismo, un buen presidente es el que las
realiza en el corto plazo y uno malo o decepcionante es el que no las logra.
Eso es caer en una trampa peligrosa. Las dos más importantes, la hacendaria y
la energética, requerirán compleja negociación y tomarán tiempo. Otro riesgo es
que con tal de sacar una reforma se genera "un camello con parches",
como hay varios ejemplos. Como lo señaló alguna vez Felipe González, los mexicanos
han caído en el error de pensar que una reforma es un fin en sí mismo, no un
simple medio. La fe en las "reformas estructurales" es una religión
mexicana. En América Latina pronto se reconoció que éstas llevaron al
continente a una década de estancamiento. México no estuvo exento de sufrir los
efectos de estas "deformas destructurales". La liberalización
financiera de 1990, condujo a una burbuja de crédito mayúscula, a una crisis
bancaria y a la extranjerización del sistema financiero. Pasamos de un Estado
obeso a uno anémico, sin instrumentos para actuar. Las privatizaciones
sustituyeron monopolios públicos por privados. El modelo de crecimiento
sustentado en las exportaciones no generó crecimiento; sí exportamos mucho,
pero importamos igual monto creando poco valor agregado; inversión extranjera
que compra empresas -Modelo y Banamex- pero que no aporta ni empleo ni
tecnología. Integración muy diferente a la europea, que contó con políticas
industriales y regionales compensatorias.
Todo
ello nos debe hacer reflexionar si debemos seguir con este "más de lo
mismo" teológico. Me parece que lo que el país requiere no son esos tótems
-las reformas de contenido impreciso-. Lo que requiere son pocas políticas bien
definidas para lograr un número selecto de objetivos, con un plan de ruta de
mediano plazo y metas cuantificadas. Por ejemplo: 1) una visión integradora que
determine como principal objetivo acelerar el crecimiento. Para ello, es
esencial duplicar la inversión pública impulsando la privada; 2) una política
energética, cuyo fin sea proveer a México de energéticos suficientes a un
precio competitivo, con una gama amplia de medios; 3) reindustrialización con
una política industrial y tecnológica moderna que fortalezca al mercado interno
y un sistema educativo técnico y superior que genere los ingenieros,
científicos y técnicos necesarios. Su sustento es mejorar la calidad de la
educación básica; 4) una política de financiamiento orientada por el Estado
hacia el desarrollo, con políticas obligatorias para la banca de desarrollo
fortalecida e inducidas para la privada; 5) una política de protección social
de cobertura gradualmente universal, ya no fragmentada y asistencial, con
convergencia de sistemas y financiable; 6) una política hacendaria, "madre
de todas las reformas", que proporcione los recursos para hacer todo lo
demás, actuando sobre ingreso-gasto en los tres niveles de gobierno, con un
menú tributario amplio y balanceado. Su complejidad requerirá un gran acuerdo
nacional.
Este
enfoque es el que aplican países exitosos como China e India. Ninguno habló de
reformas estructurales, simplemente aplicaron políticas inteligentes en forma
consistente, con buena administración y pocas leyes.
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