sábado, 8 de septiembre de 2012

"DEFORMAS DESESTRUCTURALES" O BUENAS POLÍTICAS



Francisco Suárez Dávila / El Universal
Al fin tenemos a Enrique Peña como presidente electo. Ahora ya puede dedicarse abiertamente a lo más importante: elaborar un gran programa de gobierno, seleccionando un gabinete eficaz que produzca resultados desde el principio. Será el mejor antídoto frente a los obstáculos que surjan.
Hay un tema que requiere reflexión. Inversionistas extranjeros, empresarios nacionales y algunos funcionarios llevan años pregonando que el "santo remedio" a los problemas del país es la "trinidad" de las reformas hacendaria, energética y laboral. Según esto, con un gran simplismo, un buen presidente es el que las realiza en el corto plazo y uno malo o decepcionante es el que no las logra. Eso es caer en una trampa peligrosa. Las dos más importantes, la hacendaria y la energética, requerirán compleja negociación y tomarán tiempo. Otro riesgo es que con tal de sacar una reforma se genera "un camello con parches", como hay varios ejemplos. Como lo señaló alguna vez Felipe González, los mexicanos han caído en el error de pensar que una reforma es un fin en sí mismo, no un simple medio. La fe en las "reformas estructurales" es una religión mexicana. En América Latina pronto se reconoció que éstas llevaron al continente a una década de estancamiento. México no estuvo exento de sufrir los efectos de estas "deformas destructurales". La liberalización financiera de 1990, condujo a una burbuja de crédito mayúscula, a una crisis bancaria y a la extranjerización del sistema financiero. Pasamos de un Estado obeso a uno anémico, sin instrumentos para actuar. Las privatizaciones sustituyeron monopolios públicos por privados. El modelo de crecimiento sustentado en las exportaciones no generó crecimiento; sí exportamos mucho, pero importamos igual monto creando poco valor agregado; inversión extranjera que compra empresas -Modelo y Banamex- pero que no aporta ni empleo ni tecnología. Integración muy diferente a la europea, que contó con políticas industriales y regionales compensatorias.
Todo ello nos debe hacer reflexionar si debemos seguir con este "más de lo mismo" teológico. Me parece que lo que el país requiere no son esos tótems -las reformas de contenido impreciso-. Lo que requiere son pocas políticas bien definidas para lograr un número selecto de objetivos, con un plan de ruta de mediano plazo y metas cuantificadas. Por ejemplo: 1) una visión integradora que determine como principal objetivo acelerar el crecimiento. Para ello, es esencial duplicar la inversión pública impulsando la privada; 2) una política energética, cuyo fin sea proveer a México de energéticos suficientes a un precio competitivo, con una gama amplia de medios; 3) reindustrialización con una política industrial y tecnológica moderna que fortalezca al mercado interno y un sistema educativo técnico y superior que genere los ingenieros, científicos y técnicos necesarios. Su sustento es mejorar la calidad de la educación básica; 4) una política de financiamiento orientada por el Estado hacia el desarrollo, con políticas obligatorias para la banca de desarrollo fortalecida e inducidas para la privada; 5) una política de protección social de cobertura gradualmente universal, ya no fragmentada y asistencial, con convergencia de sistemas y financiable; 6) una política hacendaria, "madre de todas las reformas", que proporcione los recursos para hacer todo lo demás, actuando sobre ingreso-gasto en los tres niveles de gobierno, con un menú tributario amplio y balanceado. Su complejidad requerirá un gran acuerdo nacional.
Este enfoque es el que aplican países exitosos como China e India. Ninguno habló de reformas estructurales, simplemente aplicaron políticas inteligentes en forma consistente, con buena administración y pocas leyes.

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