Raymundo Rivapalacio / 24 Horas
El Diario Sin Límites
Las comparaciones
son terribles pero inevitables. El debate presidencial francés en el que
Nicolás Sarkozy y Francois Hollande se enfrascaron durante tres
horas en una dialéctica de críticas, reproches y lodo, en cadena
nacional donde la autoridad electoral permitió que las televisoras
comercializaran el espacio conciliando el interés público con el interés
comercial, contra el próximo debate presidencial en México, donde la
discusión se encuentra, exactamente, en las antípodas: por la rigidez
del formato –los pocos segundos para réplicas y contrarréplicas- que impide
el choque real de ideas, la pérdida de la espontaneidad –hay un
lote de temas acordados que impiden las grandes sorpresas-, y la falta
de una cadena nacional.
Es un espejo
distorsionado de la democracia. La robusta francesa, frente a una
incipiente y llena de protagonismos –no de los candidatos presidenciales, por
cierto- mexicana. Vivimos las consecuencias de una ley electoral
inspirada en las vendettas y el alma agria que dejó la elección
presidencial de 2006 que, sin embargo, tiene una enorme virtud
muy poco vista: ha permitido a todos los aspirantes a la Presidencia que no
tienen dinero, a tener espacios en radio y televisión. Con la ley previa, eso
era imposible.
El primer debate
presidencial oficial de este domingo no despierta grandes expectativas
ni ha generado hambre entre los ciudadanos, en parte quizás porque la discusión
pública siempre es cosmética, y dominada por la banalidad. Pero los
debates presidenciales en México y en el mundo, son fundamentales para que los
candidatos vean hacia dónde se focalizará la contienda y cómo afinarán o
redefinirán su estrategia para enfrentar el resto de la competencia.
Quienes resultan ganadores del debate, no necesariamente ganan la elección, y
quienes lo pierden sí han llegado a ganarla.
Hay dos casos
paradigmáticos, en Estados Unidos, cuando Walter Mondale se burló en el
primer debate presidencial de la inteligencia de Ronald Reagan –parafraseando
la campaña negativa de Burger King contra MacDonalds- cuando le dijo “¿dónde
está la carne?” en relación a su inteligencia, y cuando Al Gore ganó su
primer encuentro contra George W. Bush. En ambos casos, los ganadores
perdieron la elección presidencial.
Hace seis
años Felipe Calderón acabó con Roberto Madrazo en el primer debate, y
Andrés Manuel López Obrador sumó negativos al no ir y que su silla vacía
apareciera vacía en televisión. Calderón llegó al segundo debate con
seis puntos de ventaja sobre él, quien en ese debate sacó el tema “Hildebrando”,
donde acusó al cuñado del presidente, Hildebrando Zavala, de hacer
fraude cibernético mediante la manipulación del padrón electoral. “Hildebrando”
fue un invento de un estratega que llegó a la campaña de López Obrador de la
mano del jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, para
rescatarlo. Y no sólo lo logró, sino a punto estuvo de llevarlo a la
Presidencia.
Inmediatamente
después del debate, la coalición de izquierda colocó 100 spots diarios
negativos en medios electrónicos, que el equipo de Calderón no evaluó
adecuadamente para reaccionar. A los cuatro días, López Obrador ya había emparejado
a Calderón en las encuestas, y al quinto ya lo superaba por dos puntos.
Sólo una delación evitó la catástrofe de Calderón.
El equipo de
López Obrador fue a presentar una denuncia formal con cajas en “diablitos”,
donde se suponía llevaban las pruebas del fraude cibernético. La delación
informaba a la campaña de Calderón que las cajas iban vacías, dato que
aprovechó su coordinador de campaña, Juan Camilo Mouriño, para abrir las
cajas en público y mostrarlas vacías. Esa imagen de las cajas vacías frenó
la caída y reorientó la campaña, como López Obrador lo había hecho un día
después del debate.
Con el empate
técnico, los dos equipos saturaron radio y televisión en todo horario con
200 spots diarios en la última semana de la campaña presidencial, y acabaron
con una diferencia de 0.56% del voto. Si López Obrador no reajusta tras
el segundo debate, la diferencia habría sido probablemente tan amplia, que una
lucha postelectoral jamás habría procedido. Si Calderón no reajusta, pierde.
Los debates en 2006 probaron su valor estratégico, no por quien ganó o
perdió, o cómo se desarrolló el postdebate, sino porque les dio el horizonte y
la ruta que tenían que seguir para triunfar. El debate del domingo no tiene
porqué ser diferente.
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