miércoles, 17 de febrero de 2010

LÍLMITES DE LA INTEGRACIÓN INTERNACIONAL

Rogelio Ramírez de la O / El Universal
Mis últimas contribuciones a EL UNIVERSAL sobre la crisis del euro y la globalización fueron para ilustrar los límites de la cooperación internacional para resolver problemas del desarrollo que cada nación debería resolver por sí misma.
Durante años en México escuchamos a economistas y sociólogos decir que la integración europea era el modelo indicado para Norteamérica.
El mismo Vicente Fox, sin siquiera conocer las bases de la integración norteamericana, mencionó en su primer viaje como Presidente a Canadá el proyecto de una moneda común para Norteamérica, además del acuerdo laboral con Estados Unidos. Al primero, canadienses y estadounidenses ni siquiera respondieron. El segundo nunca pasó de la oficialía de partes.
Hoy Grecia ofrece otro ejemplo de que ni libre comercio ni unión monetaria resuelven por sí mismos los problemas de desarrollo. Pero tampoco quiere decir que estorben o no ayuden si las condiciones óptimas existen. De ahí que los gobernantes deben primero discernir en qué condiciones los acuerdos serían exitosos y en cuáles no.
Grecia accedió a la Unión Europea y luego a la Monetaria seducida por los argumentos de economistas académicos provenientes de libros de texto básicos, por cierto pasados de moda. La teoría era que con la unión monetaria alinearía su política económica con las de los países europeos fuertes y con ello tendría bajo déficit fiscal, baja inflación y abundante financiamiento a bajas tasas de interés.
Pero su estructura económica nunca fue suficientemente fuerte para ser competitiva con un tipo de cambio fuerte, fijado principalmente por Alemania. Lo mismo sucede con España, Irlanda y Portugal, en grados y situaciones diferentes. Irlanda, tratando de no ser cuestionada como miembro de la unión monetaria, hoy aplica un profundo ajuste fiscal. En medio de una crisis, el ajuste ahonda la caída de la demanda, del producto y del empleo.
La lección para países como México es que los acuerdos internacionales no son panacea ni mucho menos el punto de comienzo, trátese de libre comercio con Brasil o de un acuerdo migratorio con Estados Unidos. Y si no responden a las sinergias naturales en la estructura económica, pueden ser perjudiciales.
Así, el tratado norteamericano de libre comercio fue un éxito en las manufacturas porque ahí ya había comercio bilateral intenso apoyado en inversión estadounidense en México, concretamente en la industria automotriz. Pero no fue lo mismo en la agricultura ni en los servicios. Fue fácil para los académicos decir que con la presión del libre comercio estos sectores se transformarían y serán competitivos. La agricultura casi desapareció y muchas empresas venden sus bienes y servicios a precios mayores a los competitivos, pues el gobierno decidió proteger a los monopolios.
Cuando China entró a la Organización Mundial de Comercio el Presidente Bill Clinton también dijo que con el libre comercio nunca se atrevería a censurar el internet. Pues bien, hoy China ya censuró a Google.
Las realidades políticas e institucionales están muy por encima de los modelos económicos teóricos. De ahí que los políticos mexicanos deberían hacer un esfuerzo por ser más originales e independizarse de teorías. Si no, van a seguir repitiendo la misma letanía de reformas estructurales que ya perdió todo significado. Cada sector requiere de una solución adecuada y el conjunto debe ser consistente. Ese va a ser el camino del mundo en los próximos años, el de líderes que saben ver hacia el interior de la estructura socioeconómica con sentido pragmático y no con brocha gruesa.



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