José Rubinstein - El Siglo de Torreón
Hay vergüenzas que se esconden, hay vergüenzas que se cargan y hay vergüenzas que se toleran. La UNAM tolera una desde hace más de un cuarto de siglo, el auditorio Justo Sierra -rebautizado Che Guevara- permanece fuera de su control. No es un conflicto latente, es una rendición prolongada.
Desde el año 2000, tras la huelga del CGH, ese espacio dejó de ser universitario en los hechos. Lo que debía ser un recinto académico se convirtió en territorio autónomo, ocupado por grupos que nadie eligió, que no rinden cuentas y que han hecho de la apropiación una forma de permanencia. Han pasado rectores, generaciones completas de estudiantes y distintos gobiernos. El resultado es el mismo, la UNAM no manda ahí. El término "okupa" ha servido para suavizar una realidad incómoda, porque detrás de esa realidad conviven prácticas que distan de la vida universitaria: control de accesos, actividades cerradas, uso discrecional del espacio y una lógica de exclusión que contradice el espíritu abierto de la universidad pública. No es un foro libre, es un espacio capturado.
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