Por: Ezra Shabot Askenazi - El Economista
La globalización como modelo de desarrollo no fracasó. Los niveles y la calidad de vida de millones de seres humanos mejoraron notablemente durante los pasados treinta años. Sin embargo la resistencia de aquellos afectados por esta transformación de gran calado, o sea sectores privilegiados por el proteccionismo económico y vinculados a una visión identitaria de la realidad donde no hay espacio para todos, ha derivado en un aumento significativo de las economías cerradas, el nacionalismo xenófobo y el autoritarismo político como instrumento para la toma de decisiones que afectan a los ciudadanos.
El Brexit, el triunfo de Trump y el crecimiento significativo de los extremos de derecha e izquierda como alternativas legítimas ante la globalización que anulaba en la práctica estos modos de vida, fue configurando este retroceso tanto en el pluralismo político como en el libre comercio como fórmula para garantizar la inclusión social.
Esta realidad propia del mundo occidental tuvo también repercusiones en las sociedades del islam en Asia y África. La llamada “Primavera Árabe”, iniciada en el año 2010 en distintos escenarios del mundo árabe-musulmán, fue parte de esa euforia democratizadora de principios de siglo, pero terminó en el reforzamiento de los gobiernos autoritarios y del fundamentalismo islámico en la zona.
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