Se comunican con la familiaridad de una hermandad. “Mi Andy”, “Mi Bobby, “Mi George”. En el fondo se trata de una secta de juniors, hijos abusivos del poder que en sólo un sexenio se enriquecieron a costa del Erario
Por Ramón Alberto Garza
Se comunican con la familiaridad de una hermandad. “Mi Andy”, “Mi Bobby, “Mi George”. En el fondo se trata de una secta de juniors, hijos abusivos del poder que en sólo un sexenio se enriquecieron a costa del Erario. Se trata de la triada fraternal compuesta por Andrés y Gonzalo López Beltrán, y de su amigo fachada Jorge Amílcar Olán.
Hoy, los tres personajes que desplegaron el mayor tráfico de influencias para lograr un enriquecimiento muy explicable en el sexenio de su padre y amigo Andrés Manuel López Obrador, están sujetos a un severo escrutinio de los servicios de inteligencia norteamericanos, no sólo por sus jugosos contratos públicos asignados de manera directa y sus presuntas transferencias a Suiza, Reino Unido y Estados Unidos para lavar su dinero, sino por sus presuntos vínculos con el crimen organizado, que se dieron a través de las redes que tejieron para traficar con el huachicol fiscal.
Los reflectores de la investigación apuntan hacia “Mi George”, mejor conocido como Jorge Amílcar Olán, quien hasta 2018 era un modesto vendedor de azulejos en Tabasco y que tuvo la virtud de capitalizar su amistad con los dos hijos mayores del primer presidente de la Cuarta Transformación. Esa relación le sirvió para que a los seis días de iniciado el gobierno que ondeaba la bandera de “primero los pobres”, se le asignaran a sus nuevas empresas fachada contratos multimillonarios en obras insignia del gobierno lopezobradorista. Los beneficios incluyeron surtir el balastro para el Tren Maya y el Ferrocarril Interoceánico, la oportuna compra de terrenos junto a la refinería de Dos Bocas -antes de que se anunciara- y dotar de medicamentos con excesivos sobreprecios al Seguro Social y a estados morenistas como Tabasco y Quintana Roo.
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