lunes, 16 de febrero de 2026

Memorias de un coyote

 Por Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso de San Luis

En su larga conversación con Jorge Fernández Menéndez, Julio Scherer Ibarra insiste en que el presidente López Obrador tenía un criterio muy claro para seleccionar a su equipo. Le importaba la lealtad. La preparación, la experiencia, el conocimiento técnico, la honestidad eran asuntos secundarios. Lo dijo muchas veces: el gobierno es cosa sencilla y para administrar lo único necesario es el personal que ejecute la decisión de la cúspide. Lo dijo con una curiosa idea de las proporciones: 90% de lealtad, 10% de capacidad. Scherer lo repite a lo largo de la entrevista sin preguntarse si esa escala es justamente la que explica su fichaje como consejero legal del más arbitrario de los presidentes en la era moderna de México. En Julio Scherer, encontraba la combinación perfecta. Una devoción absoluta y una noción de la ley que empataba a la perfección con la del jefe. La selección de su asesor legal era apropiada. Scherer era hijo de quien López Obrador hubiera querido que fuera su padre. Lo veía como un hermano que jamás lo disgustaría con los fastidios de la ley.

Ni venganza ni perdón es el título pedante de esta entrevista que invoca a Borges para esconder la idolatría y el desquite. Un libro zalamero y rencoroso que, en su torpeza, enloda al ídolo y a su adorador. Eso es este libro en el que ni entrevistado ni entrevistador salen bien parados. El primero no oculta la baba al hablar del prócer. Es un gigante, un gran héroe, un predicador, un genio de la organización, un verdadero santo. El segundo deja en la maleta el oficio periodístico para servir de patiño.

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