Luis Rubio - El Siglo de Durango
En su crónica sobre su participación en la guerra civil española, Homenaje a Cataluña, George Orwell describe no sólo lo que vivió y observó, sino también los conflictos y tensiones dentro de la coalición republicana, en cuyas filas había militado. Amos Oz escribió alguna vez que hay dos maneras de entender el conflicto: una es en la forma de Shakespeare, cuyos personajes reivindican la justicia, pero todos acaban muertos; y la otra es la de Chéjov, en cuyas tragedias todos acaban tristes, enojados y peleados, pero vivos. Lamentablemente, la politica mexicana del último cuarto de siglo optó por Shakespeare como guía y ahora el control generalizado que ejerce un solo partido amenaza con exacerbar ese camino. El gran reto es de liderazgo porque, en ausencia de instituciones (incluso mediocres como las que había), todo depende de una persona y su partido, que serán responsables del devenir.
La democratización del país no ocurrió por gracia divina, sino por las presiones que se fueron presentando y acumulando a lo largo de los años de los sesenta en adelante y a las cuales el viejo sistema político fue respondiendo de manera renuente. En el libro La mecánica del cambio político en México. Elecciones, partidos, reformas, los autores (Becerra, Salazar y Woldenberg) ofrecen una perspectiva sobre cómo se fue dando ese proceso, las negociaciones que tuvieron lugar y los criterios con que el régimen priista fue actuando. El libro demuestra algo que ahora se quiere ignorar: que creció una ciudadanía demandante que, poco a poco, cambió al país. Intentar cerrar los ojos ante ese proceso de cambio es como pretender regresar la pasta de dientes al tubo.
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