Salvador Camarena - Sonora Presente
Para Claudia Sheinbaum Michoacán es especial. En su juventud, Cherán fue clave. En su campaña, ahí honró al tata Lázaro. Y en los ochenta el ejemplo del ingeniero Cárdenas impulsó su activismo. Ahora, el Estado de Ocampo es el epicentro de su primera gran crisis. La presidenta de México decidió que una de sus bazas fuera la estrategia de lucha anticrimen. Lógicamente, en la campaña presumía la baja de los índices delincuenciales en la Ciudad de México. Prometió lograr lo mismo a nivel país.
En el arranque del sexenio, mes a mes las estadísticas de la dupla Sheinbaum-Omar García Harfuch abonaron la narrativa sobre un nuevo modelo de combate a la criminalidad con resultados inmediatos. Todo caía como plomada en el agua. Todo, menos la extorsión.
Hay que ser justos y decir que Sheinbaum tiene razón en que la violencia tiene raíces muy añejas, que no empezó con López Obrador y menos en 2024. Y hay que decirle enhorabuena porque ella clausuró el sonsonete de tolerancia que tuvo su predecesor con los criminales.
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