Jesús Silva Hérzog - Pulso de San Luis
Hace unos años, a raíz de la crisis del 2008, Paul Krugman se preguntaba cómo era posible que los economistas se hubieran equivocado tanto. Acababa de recibir el Premio Nobel y comentaba la suficiencia de una profesión que pensaba que había resuelto lo esencial. En un artículo publicado en la revista dominical del New York Times, Krugman subrayaba el consenso de los economistas académicos y los arquitectos de la política pública. Los mercados eran naturalmente estables. No veían nada en el horizonte que anunciara la catástrofe que vendría.
Una ciencia demuestra su valor por su capacidad para advertir lo que puede suceder. Lo que esa disciplina con la crisis financiera del 2008 fue, según Krugman, un auténtico colapso. ¿Qué le sucedió a la profesión?, preguntaba. ¿Hacia dónde debe camina a partir de ahora? El articulista ofrecía algunas hipótesis: mis colegas quedaron atrapados por la belleza de sus números. Confundieron la precisión de sus modelos con la verdad. Detrás del consenso se escondía el dogma.
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