lunes, 17 de marzo de 2025

LA INDUSTRIA CRIMINAL

Jesus Silva Hérzog - Pulso de San Luis

Hay una violencia que se exhibe y otra que se oculta. Un crimen que escribe mensajes con el cuerpo de los muertos para dejar constancia pública de su poder y un crimen que necesita esconderse para que funcione su maquinaria de violencia y muerte. Cuerpos que cuelgan de un puente para ser vistos por todos y cuerpos que se queman o se entierran para no ser encontrados nunca. Ese es el paisaje del horror mexicano. Pavor de lo que podemos ver, terror de lo que se nos oculta. Terror de ser exhibido en cachos o de no ser encontrado nunca. 

El rancho de Teuchitlán no es el primer indicio de que existen en México campos de trabajos forzados del crimen organizado. Hemos tenido noticia de otros lugares de ese tipo. Sitios que no solamente sirven para el entrenamiento de los soldados del crimen, sino también para la eliminación de los rivales o de quienes no superan las pruebas de inhumanidad a la que someten a su leva. Pero este lugar que ha sido llamado el Auschwitz mexicano retrata mejor que ningún hallazgo previo, la escala y la lógica de la industria criminal en México. A un paso de la ciudad de Guadalajara, una fábrica de sicarios, un gigantesco mortero de huesos, una academia de barbarie. La economía criminal sigue una lógica fordista. Una línea de producción de asesinos que han de pasar una cadena de pruebas brutales. Hablo de una producción en serie, no de drogas, sino de esclavos y de muertos. El crimen recluta, esclaviza y aniquila. Engancha a sus reclutas con engaños, los entrena con un severo programa de deshumanización, descarta a los inservibles y borra cualquier rastro de ellos. ¿Por qué conserva sus zapatos, sus mochilas, sus cartas? ¿Por qué almacena juguetes? La fotografía aérea del rancho Izaguirre muestra una línea de manufactura criminal que se despliega a lo largo del predio. Dormitorios, gimnasio, cocina, baños, zonas de entrenamiento, guaridas para la ejecución y para la desintegración de los cadáveres.

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