- Las difíciles relaciones que se aventuran con el republicano han polarizado el debate político y económico
Carmen Morán Breña - México - El País
No han hecho falta 100 días en el nuevo gobierno mexicano para percibir el sexenio que se avecina. El lobo asomó la patita la noche del 5 de noviembre, cuando Donald Trump ganó las elecciones estadounidenses y medio mundo se echó a temblar. Las amenazas del republicano se convirtieron en temores ciertos y sobre México llovía sin cesar: deportación masiva de migrantes, aranceles, combate sin fronteras a los carteles. Desde aquel día, cualquier medida política en el ámbito doméstico ha quedado semioculta por el ruido de las inminentes relaciones bilaterales, donde la presidenta Claudia Sheinbaum ha presentado un timón un tanto errático entre la pelea y la diplomacia del silencio. No son pocos, sin embargo, los proyectos puestos en marcha desde la investidura de la primera presidenta de México, en el ámbito educativo y en el sanitario, en el terreno de las ayudas sociales y en la igualdad entre hombres y mujeres. Con apenas tres meses en el poder, más potentes que los resultados son las señales y estas se evidencian en la comparación con su antecesor, Andrés Manuel López Obrador: ha cambiado el discurso energético, la relación con el empresariado y la aproximación a una nueva estrategia de seguridad contra el crimen. Pero lo que más se repite es Trump, el apellido que lo va a condicionar todo.
En un Gobierno marcado por la figura de una mujer, tres hombres se alzan como piezas clave para lidiar con las políticas más acuciantes: los secretarios de Relaciones Exteriores, Juan Ramón de la Fuente, y de Economía, Marcelo Ebrard, llamados ambos a frenar los empujones que lleguen desde Estados Unidos, donde dos frentes permanecen muy abiertos: la anunciada deportación masiva de migrantes, para la que ya se prepara México reforzando sus consulados y servicios humanitarios, y los probables aranceles económicos que amenazan con alzarse como un muro entre dos socios con las economías fuertemente entrelazadas de intereses comunes. Lo peor del asunto Trump es que se ha dicho mucho, pero no hay nada escrito, de modo que al Gobierno mexicano no le queda, por ahora, más que moverse en la incertidumbre, que empezará a despejarse a partir del 20 de enero, cuando el presidente electo toma posesión de su cargo.

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