Macarena Vidal Liy - Base naval de Guantánamo - El País
La base naval estadounidense de Guantánamo tiene un aire de película. La entrada en ella desde el aeropuerto, en un ferry que atraviesa la bahía cristalina en un paisaje de postal, parece una escena de White Lotus, recibimiento entusiasta incluido. La zona residencial, con su campo de béisbol, su McDonald’s, el pub irlandés y cines al aire libre, podría ser una versión tropical de la pequeña ciudad provinciana de Regreso al Futuro. Pero las barreras que impiden el paso, los puestos de control y las constantes patrullas de la policía militar recuerdan que detrás de las vallas hay otra realidad mucho más cruel.
Oculto de la vista, separado físicamente del resto de la base y relegado en las noticias, el penal de Guantánamo, sinónimo de algunos de los peores abusos de EE UU en su guerra contra el terrorismo, sigue abierto 21 años después. Treinta varones musulmanes entrados en años, dañados física y psicológicamente y un puñado de ellos acusados de algunos de los peores atentados del mundo, continúan retenidos en esta prisión.
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