- Mis familiares siempre se fijan en los precios de todo, pero una enfermedad hizo que nos fijáramos en las cosas más valiosas de la vida.
Brian Rea
Por Taryn Englehart - The New York Times
Mi familia está obsesionada con el precio de las cosas. Las dos preguntas que escucho con más frecuencia son: “¿Ya comiste?” y “¿Cuánto costó eso?”. Para ellos, discutir el precio de algo es como respirar. En mi casa no se pueden hacer compras sin hablar de manera incesante del costo del artículo, de lo que todo el mundo cree que debería haber costado, de cuál era el precio con las rebajas y cuál era el precio completo, de si se usó un cupón y, si no, por qué no.
Mi extensa familia vive en Hong Kong, donde mis abuelos crecieron durante la ocupación japonesa. Como mucha gente criada en tiempos de graves privaciones y pérdidas, se obsesionaron comprensiblemente con la seguridad. Sus hijos —mi madre y sus hermanos— heredaron esa mentalidad de escasez. En resumen, piensan mucho en el dinero.

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