José Blanco - Periódico La Jornada
La COP26 hizo lo previsible: nada que celebrar. El mar puede esperar, el agua potable, también. Las inundaciones récord, las tormentas furiosas, el calor mortal, pueden esperar. La deforestación, también. La emisión de óxido nitroso proveniente del uso de los fertilizantes, no es tema; el metano procedente del ganado vacuno, los búfalos, las ovejas, las cabras y un largo etcétera, no está en su radar. La Amazonia está al borde de un potencial punto de inflexión catastrófico, dice un estudio de 200 científicos. Los compromisos hechos carecen de fechas y de mecanismos para su cumplimiento.
La asociación italiana Marevivo, con 35 años de pelear por la salud de los océanos, denunció: “El mar cubre 71 por ciento de la superficie [de la Tierra], produce más de 50 por ciento del oxígeno –una de cada dos respiraciones se debe al ecosistema marino–, absorbe 30 por ciento del CO2 y 80 por ciento del calor generado por el hombre en los últimos 200 años, pero no hay minuto en que no esté siendo atacado en cada rincón de la Tierra: la contaminación y la sobrepesca están destruyendo un extraordinario equilibrio formado en millones de años entre animales y plantas, tan grandes como las ballenas y tan diminutas como el plancton”.
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