Rolando Cordera Campos - Periódico La Jornada
Luego de la euforia que acompañó su lanzamiento como
idea fuerzade los nuevos mundos que configurarían la post Guerra Fría, la globalización empezó a hacer agua hasta encallar, crisis tras crisis, en playas poco generosas. Hoy, al calor de las fintas de una guerra comercial global, como sería la que anuncian Estados Unidos y China, y de la certeza de la desaceleración económica, sólo nos queda admitir que vivimos horas de angustia y desaliento.
Una y otra vez topamos con los panoramas y horizontes de un presente que amenaza volverse continuo, pero es poco lo que parece que podemos o queremos hacer al respecto. Envueltos en un consenso de pasividad resignada, los países, sus sociedades y Estados, parecen dispuestos a esperar lo peor y la política internacional se congela, mientras la confrontación local pone en alto riesgo la cohesión política y social alcanzada en 30 décadas de construcción difícil pero eficaz, de unos sistemas de convivencia fructífera entre capitalismo y democracia que la Gran Recesión puso a temblar y su secuela ha puesto contra la pared, donde más firmes parecían.
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