León Bendesky - Periódico La Jornada
El pequeño auto blanco que avanzaba por la céntrica avenida sin tráfico, a media mañana de un sábado, era ya una fuerte llamada de atención al carácter simbólico de la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador como presidente.
La escena era distinta, sin duda, a la del protocolo común oficial, de grandes autos negros y blindados con ostensibles despliegues de seguridad. El contraste fue aún mayor entre la llegada al Congreso que hizo el ex presidente Enrique Peña Nieto –un hombre muy solo– y la de López Obrador, fuertemente arropado. Si quería mostrar un rompimiento de las costumbres del espectáculo del poder, lo consiguió.
La ruptura sobre la que ha insistido durante tanto tiempo y que marcaría no sólo un cambio de gobierno, sino uno de régimen, se instaló en seguida en el multitudinario recinto oficial.
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