- Es mejor tener un Jefe de Estado absolutamente neutral, huérfano de poder y ajeno a las intrigas de partido, que desempeñe con la eficacia ya demostrada el papel representativo y moderador que le corresponde
José Luis Cebrian - El País
Decía Isaiah Berlin, uno de cuyos libros responde al título de este artículo, que en el ámbito de la acción política las normas son escasas y remotas: “Las habilidades lo son todo”. Es la comprensión de la vida pública lo que define el éxito de los gobernantes, no el bagaje ideológico de sus propuestas. El olvido de algo tan sencillo induce a muchos líderes actuales, para no hablar de tertulianos, blogueros, tuiteros y demás familia, a teorizar sobre la Transición sometiéndola a una especie de autopsia histórica, lo que les permite llegar a la ufana conclusión de que nuestra democracia padece un cáncer terminal en su legitimidad de origen, y además amenaza con producir metástasis en su ejercicio. El argumento, nada novedoso, viene a denunciar que no hubo una ruptura democrática. La fuente del poder manaba de la dictadura, cuyas leyes habían designado a don Juan Carlos de Borbón como rey, y por tanto no pudo abordarse un periodo constituyente clásico que alumbrara un régimen democrático.
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