- Varios juristas y teólogos piden limitar el sigilo sacerdotal cuando se puede proteger a las víctimas
Juan G. Bedoya - Madrid - El País
Entre las muchas tribulaciones que atormentan a la Iglesia romana y a su pontífice Francisco por los escándalos de pederastia en los que están implicados, por acción o encubrimiento, incontables jerarcas católicos, se encuentra la discusión sobre el secreto de confesión. No es un debate nuevo, pero arrecia en las últimas semanas. Lo agitan dos acontecimientos extraordinarios. En primer lugar, el Papa argentino se ha visto obligado a anunciar “cuantas medidas sean necesarias” para acabar con esa lacra. No se refería, desde luego, a una reforma del sistema del secreto que se da en el orden eclesial, como en cualquier otro orden jurídico o social (abogados, médicos, periodistas, etcétera), pero numerosos medios, incluso de la propia Iglesia, relacionaron inmediatamente sus palabras con lo que estaba sucediendo aquellos días en Australia con el procesamiento del poderoso cardenal George Pell, jefe de las finanzas del Vaticano y él mismo acusado de abusos sexuales a menores.
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