Hablar de modelos de desarrollo hoy día parece algo obsoleto y demodé. Suena como expresión de la jerga económica de antaño, de cuando los estados todavía planeaban su política industrial, económica y social para generar no sólo el crecimiento del producto interno bruto (PIB), sino también el desarrollo, o sea, una mejora cualitativa, más que puramente cuantitativa, de la actividad económica y, sobre todo, de la vida de las personas.
También la expresión redistribución de la renta se fue olvidando, así como la idea de un salario digno y condiciones laborales que vayan mejorando año tras año. Reducción del horario y alza del poder adquisitivo parecen lemas polvorientos del sindicalismo decimonónico, pero son más urgentes que nunca. Además, escasas emociones cobra hoy el debate sobre la lucha por un estado de bienestar universal y gratuito.
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