- Las costumbres y la rutina del presidente rompen con el canon habitual de sus antecesores en la Casa Blanca
Nadie duda que Donald Trump es un presidente fuera de lo común. Pero su extraña llegada al poder de la primera potencia y su carácter impredecible y errático no son lo único asombroso. Su día a día en la Casa Blanca, muy distinto al de presidentes anteriores, refleja una rutina más simple y menos enigmática que la de sus antecesores.
Barack Obama cerraba sus días de trabajo en la Casa Blanca leyendo a solas en el Despacho Oval o en la residencia. Decía que los libros le ayudaban a “parar y tener perspectiva” sobre lo que estaba sucediendo en el mundo, reflexionar y hacer autocrítica. George W. Bush entraba al Despacho Oval a las 7.30 de la mañana, para iniciar una jornada que interrumpía con una sesión de deporte que a menudo consistía en salir a correr o jugar con sus perros. Comía con su familia y descansaba las ocho horas recomendadas para rendir ante las exigencias de la presidencia. Bill Clinton salía a correr tres veces por semana, un hobby que consideraba fundamental para desconectar mentalmente de la intensidad del trabajo.
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