Gustavo Gordillo / La Jornada
El debate se llevó a cabo sin demasiados sobresaltos. Logró superar en rating
al programa de futbol de Salinas Pliego, pero no al de los niños
bailadores de Televisa. En total se dice menospreciando la cifra
absoluta de personas que sólo lo vio una minoría de los potenciales
electores. Lo cual numéricamente es obvio, pero esos ciudadanos que lo
vieron tienen sin duda un enorme peso en el conjunto de los electores.
Los responsables de que el debate fuera así de rígido y acartonado
fueron los propios partidos políticos aunque como ha trascendido quienes
pusieron más condicionantes fueron los representantes del PRI. Pero
creo que la razón por la cual los representantes del PAN y del PRD
terminaron por aceptar ese formato fue que consideraron que de cualquier
forma sus candidatos iban a ser muy superiores en el debate a Peña
Nieto. Los resultados indican que se equivocaron.Para los candidatos su estrategia pareció encaminada a asegurarse su voto duro, particularmente hacia aquellas franjas que aún podrían cambiar de opinión. Así EPN echó por tierra la idea de que no se puede manejar sin teleprompter, lo cual es, empero, una cota sumamente modesta. Josefina tenía que convencer en polémica con el puntero que tenía capacidad para mantenerse como candidata competitiva. Lo logró aunque no disipó las dudas sobre su capacidad para gobernar este país. López Obrador requería demostrar a sus seguidores de siempre que los temas de la
república amorosano suponen abandonar la dicotomía entre
lo mismo de siempre y el cambio verdadero. Con mayor claridad que los otros dos candidatos atendió las pulsaciones básicas de sus seguidores, pero parece claro que su núcleo duro no le da para ganar la Presidencia.
En todos los casos uno esperaría de un candidato presidencial que además tuviera carácter para enfrentar momentos críticos y supiera cómo convencer no a sus seguidores sino a sus opositores. El problema del debate fue la ausencia de un claro contraste entre ofertas programáticas, no la polémica entre ellos.
Es obvio que nuestras apreciaciones sobre el debate están
sesgadas por nuestras convicciones y por la información que poseemos.
Desde ese punto de vista vale mucho la pena y ojalá se repitan las
entrevistas que Ciro Murayama hizo a cada uno de los candidatos por
TVUNAM. En estas tres entrevistas realizadas a través del canal de la
UNAM por un investigador-entrevistador muy bien formado como es Murayama
pintan con toda claridad las convicciones y las limitaciones de los
tres candidatos. El balance para decirlo sin eufemismos es sencillamente
aterrador. Como planteó hace unos días Sánchez Rebolledo
se olvida que el gran propósito de estos encuentros es medir si los candidatos son o no capaces de articular la comprensión de los problemas cotidianos de la gente con las ideas que animan el trazado de las posibles soluciones nacionales.
Hace unos días el candidato Peña Nieto dijo que
de las opciones que se tienen hay una que representa más de lo mismo, es una opción que no representa cambio; y otra que genera incertidumbre, podría significar un salto al vacío. El problema es que eso también se podría decir de él. No es una opción que genere la certidumbre en un cambio que por lo demás no se define claramente y que por lo mismo puede también ser un salto al vacío.
Todo lo anterior está íntimamente ligado al rasgo definitorio de esta
elección presidencial que es el elevado número de indecisos. Creo que
la mayor parte de esos indecisos buscan participar activamente en las
elecciones. Pero sencillamente no se sienten identificados en términos
de opciones programáticas por ninguno de los candidatos, y expresan
hartazgo con los estilos de hacer política.
Un síntoma –o más bien un síndrome– de ese hartazgo es la atracción
que tuvo en un segmento –pequeño– del electorado que vio el debate, el
candidato
ciudadanomás claramente apoyado por uno de los más nefastos poderes fácticos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario