MÉXICO, D.F.
(apro).- Las imágenes son las mismas que en una dictadura del siglo pasado:
madres con cartelones con los nombres y fotos de sus hijos desaparecidos, con
tapabocas y playeras preguntando dónde están, exigiendo justicia a un régimen
sordo, cómplice.
Este 10 de
mayo el escenario fue la Ciudad de México, hasta donde llegaron madres de 12
estados del país para recordarle al gobierno de Felipe Calderón que su “guerra
contra las drogas”, lejos de acabar con el narcotráfico hizo del país un
tétrico escenario, como ahora es identificado en el mundo.
Las
escalinatas del Ángel de la Independencia, en Paseo de la Reforma, se llenaron
con los nombres de algunos de los 10 mil desaparecidos en este sexenio de la
violencia. Luego, esas listas se vieron por el Monumento a la Revolución.
Era la
“Marcha por la Dignidad” de las madres que no volvieron a saber más de sus
hijos en esta guerra unilateral declarada por un político con poder pero en
busca de legitimidad.
Pero a
diferencia de las dictaduras, donde los agentes del Estado o grupos
paramilitares eran los claros responsables de esos crímenes de lesa humanidad,
en México la situación es aún más difícil.
Un día
llegaron unos soldados y se llevaron a sus hijos. Otro día fueron policías. Y
muchos otros, hombres desconocidos fueron por ellos o los detuvieron en la
calle sin que se sepa más de ellos.
Cuando la
desaparición forzada es cometida por representantes del Estado, es claro en
dónde buscar la responsabilidad. Pero cuando es cometida por particulares en un
entorno tan violento como en México, la búsqueda de responsables se complica
tanto como en una guerra sin reglas.
Aun en las
guerras por odio racial hay protocolos para el trato de prisioneros y víctimas.
Aquí, ni los cárteles que se disputan el lucrativo negocio de las drogas ni las
fuerzas federales encargadas de combatirlos han respetado las convenciones
internacionales. Unos y otros, literalmente, han desaparecido “al enemigo”,
tengan o no que ver con esa guerra.
Si en la
dictadura las madres les pedían a los jefes militares que les dijeran en dónde
habían enterrado a sus hijos, “siquiera para llevarles una flor y derramar una
lágrima” donde murieron víctimas de la represión, en México “la guerra a las
drogas” ni siquiera permite eso, en muchos de los casos.
En las
dictaduras, los jefes policiales y del aparato de seguridad engañaban sobre los
detenidos. “Aquí no está. Por aquí no ha pasado”, les respondían a quienes
buscaban a sus familiares. En México, el aparato de procuración de justicia
hace lo mismo. O peor aún, simula que investiga. El peregrinaje por las
procuradurías estatales y la General de la República es inacabable como las
invenciones para fabricar acusaciones.
Y como en
esos viejos regímenes donde el dictador decía que los muertos o desaparecidos
eran “criminales que actuaban contra la seguridad nacional”, en México el
presidente ha sido el primero en darle carácter de criminales a muchas
víctimas. “Eran pandilleros”, dijo cuando un comando ejecutó a mansalva a un
grupo de jóvenes que estaban en una fiesta en Villas de Salvárcar, en Ciudad
Juárez, en enero de 2010.
El Estado
mexicano no ha hecho nada para encontrar a los desaparecidos. Desde el momento
en que los caracteriza como criminales, los condena al abandono, sin siquiera
ofrecerle a los familiares la posibilidad de encontrarlos.
El tamaño
del problema es tal que hasta en Estados Unidos, promotor de “la guerra a las
drogas”, advierten sobre la gravedad de esas violaciones a los derechos
humanos, cometidas tanto por particulares como por agentes estatales.
En el caso
de los agentes estatales, la subsecretaria de Estado Adjunta para Asuntos de
Seguridad Civil, Democracia y Derechos Humanos, Kathleen Fitzpatrick, declaró
ante el Congreso estadounidense:
“Las
denuncias de violaciones a los derechos humanos cometidas por militares han
tenido un aumento increíble, así como las quejas de que funcionarios están
involucrados en la desaparición de personas, torturas y detenciones
extrajudiciales.”
El Estado
mexicano ha estado marcado por la impunidad. En el régimen del PRI, los
desaparecidos de “la guerra sucia” quedaron sin justicia con la complicidad del
PAN. Los de la era de Calderón tienen a su favor una sociedad más organizada.
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