Si algo enseñó la tesis keynesiana de principios del siglo XX fue que los Estados podían modular la demanda agregada en sus economías...
Jesús Alberto Cano Vélez / Excelsior
La semana pasada apareció una luz
distinta, a los ojos de unos, sobre todo de optimismo para las
perspectivas económicas del mundo, por el triunfo de François Hollande, el recientemente electo presidente de Francia, quien retó la insistente tesis recesiva de la alemana jefa de Estado, Angela Merkel, por los peligros que amenazan con el contagio al resto del mundo de una potencial crisis recesiva en toda Europa.
En ese mismo contexto, nosotros hemos sostenido que el inflexible
manejo neoliberal de la economía europea tiene una orientación
marcadamente recesiva por su falta de preocupación en establecer metas
de crecimiento con los candados que establecen para el manejo de las
políticas económicas en los países que conforman ese inmenso y poderoso
mercado común, en el que inclusive comparten una misma moneda casi todos
sus países.
Si algo enseñó la tesis económica keynesiana de principios del siglo
XX, fundamental para la salida de la Gran Depresión de los años 30 —y
que inspiró la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), el
Banco Mundial (BM) y el Instituto Internacional de Comercio, antes GATT—
fue que los Estados podían modular la demanda agregada en sus
economías, sin tener que obstaculizar el comercio internacional, con un
uso inteligente de su política fiscal, coordinadamente con su política
monetaria y crediticia.
El abandono del patrón oro a principios de ese mismo siglo, y la
necesaria creación de los bancos centrales, emisores de sus propias
monedas, abrieron la puerta para que cada país pudiera modular su
demanda agregada interna —por supuesto dentro de límites prudentes— para
asegurar un sano nivel de actividad económica que propiciara el pleno
empleo en sus respectivas economías.
Obviamente, esos objetivos no eran fáciles de lograr, pero era mejor
que cada país manejara su economía, en vez de seguir políticas pasivas,
en un extremo, o políticas autárquicas de competencia desleal, con
devaluaciones competitivas, controles de cambio y manejos desleales en
el comercio exterior, en el otro extremo.
Como todo en este mundo, no eran políticas fáciles de aplicar, ni de
promover o de coordinar entre los países. Además, algunos podían abusar
de ellas y transferir sus problemas económicos a sus vecinos, como está
ocurriendo con algunos países de Europa y como ocurrió recientemente con
la decisión brasileña de cerrar su frontera a una parte de nuestras
exportaciones de vehículos que su mercado demanda, mismo que ha
intentado hacer Argentina. Esas decisiones han transferido sus problemas
a México, porque ahora generarán menor producción y empleo en nuestro
país por decisiones tomadas sin consultar y sin decir “agua va”.
Mientras tanto —igual que Alemania—, nosotros en México tampoco hemos
querido divagar de la ruta neoliberal trazada en el “Consenso de
Washington”, que para efectos prácticos prohíbe la intervención del
Estado mexicano en la economía, cosa que los del Colegio Nacional de
Economistas hemos criticado con insistencia.
Hemos propuesto planeación económica, el establecimiento de metas económicas y sociales, pero. . . nada.
Pero hemos visto cómo el presidente estadunidense, Barack Obama, sí
ha utilizado la intervención de su gobierno en la economía y no ha
dudado en usar sus instrumentos macroeconómicos para proteger su
economía y los empleos de los contagios que le llegan o le puedan llegar
del exterior.
Y mientras tanto, nosotros no hemos variado la ruta.
*Presidente Nacional del Colegio Nacional de Economistas
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