JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ / REFORMA
El grito cabe en la democracia como cabe el aplauso.
Sólo los defensores más ilusos de la democracia deliberativa pueden
imaginar una ciudadanía que sólo participa en los asuntos públicos
escuchando imparcialmente argumentos, ponderando científicamente
razones, hilvanando juicios para la persuasión de un auditorio ecuánime.
El diálogo democrático no es una conversación con café y galletitas: es
un encuentro y muchas veces un encontronazo de valores, ideas,
intereses y pasiones. Más que el hallazgo de la conciliación a través
del coloquio, es una enemistad a duras penas amaestrada: rivalidad
contenida.
Si tachamos las consignas como acto antidemocrático, deberíamos hacer
lo mismo con las porras. El repetir alabanzas al candidato es tan
democráticamente cuestionable como corearle maldiciones. Ambas
cantilenas son vehemencia hermética que se hace oír por los decibeles
que alcanza y no por los razonamientos que construye. Repetición
irreflexiva e impetuosa de una simpleza. Que las porras y las consignas
sean boberías, una violenta agresión al juicio literario no significa
que sean irrelevantes o, peor aún, peligrosas. Que no alcancen estatura
de argumento, que se satisfagan en la reiteración y en el ruido no
quiere decir que sean ajenas a la vida democrática. El debate en
democracia nunca será un pulcro intercambio de razones porque la
política no es un territorio esterilizado donde rivalizan los silogismos
en busca de la verdad. Toda política enciende entusiasmos y remueve
abominaciones, genera esperanza y provoca temor. Al lado de los
argumentos hay gritos; las razones no suprimen los prejuicios; la
reflexión individual y las obsesiones colectivas se entrelazan y se
confunden.
Que un acto político encuentre la hostilidad de un grupo organizado
es tan preocupante como el escenario contrario: que encuentre el júbilo
organizado. Nadie se indigna cuando un candidato es recibido en la plaza
con un coro de entusiastas que repiten hasta el cansancio que ha
llegado el salvador de la nación. "Anselmo, amigo, el pueblo está
contigo", gritan todos en la plaza uniformados con la camiseta del
licenciado Anselmo. ¿Son intolerantes los adeptos porque antes de
escucharlo ya lo celebran? ¿Son fanáticos porque han sido coordinados
por quien reparte carteles y camisetas y porque sus gritos siguen el
ritmo de un director de porra? ¿Son borregos manipulados que actúan
solamente porque otro mueve los hilos de su voluntad? Lo mismo puede
decirse de quienes organizan la hostilidad-con la condición, por
supuesto, de que permitan la expresión de los otros, con la condición de
que admitan la presencia de aquel a quien abominan. La festividad
organizada es parte de la vida política ordinaria, es materia común de
una campaña electoral. La protesta organizada lo es también.
Evidentemente, no se trata de expresiones espontáneas, de ponderaciones
reflexivas, expresiones de ciudadanos meditabundos: son un ruido que
expresa, son teatros que algo muestran: actos políticos que nadie, en su
sano juicio pensaría reprimir.
La protesta no suele levantar el dedo meñique. Es estruendosa y
pendenciera pero no busca ingreso a la cena de gala: quiere hacerse
oír-aunque sea a la mala. La protesta es testimonio que valdría
escuchar. Ubicar en su sentido y medida, sin sacralizaciones ni
demonizaciones. Quiero decir con esto que resulta absurdo pensar que la
organización de una protesta ruidosa, vehemente, hostil-pero pacífica,
es peligrosa para la vida democrática de México, como se ha escuchado
tenuemente en estos días. La protesta es parte de la vitalidad de un
sistema abierto donde debe haber sitio para la adhesión y sitio para el
reproche. Sitio para el argumento y también (aunque lo rechacen los
bienpensantes) sitio para el insulto; sitio para la concordia y sitio
para el odio. Si la casa es humana ha de alojar todo lo nuestro. La idea
de una democracia desapasionada y sin conflicto, una democracia
elegante y armoniosa es el cuadro de una democracia muerta. Si no
pedimos certificado de racionalidad, de independencia, de espontaneidad a
quien elogia, tampoco lo exijamos a quien censura.
La democracia se alimenta de razones-pero no sólo de razones. Protestar es otra forma de ejercer ciudadanía.
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