Horacio Esquivel - El Economista
La referencia de Xi Jinping a la “trampa de Tucídides” en su reciente encuentro con Donald Trump no fue un recurso retórico menor. Fue una señal cuidadosamente construida para redefinir el marco de la relación entre China y Estados Unidos en un momento en que su competencia dejó de ser una hipótesis para convertirse en una realidad ineluctable.
Tucídides explicó cómo el ascenso de Atenas generó temor en Esparta, haciendo la guerra inevitable. Siglos después, ese marco sigue siendo útil para entender tensiones entre potencias establecidas y emergentes. Hoy, la relación entre Washington y Beijing refleja varios de esos elementos: rivalidad tecnológica, fricciones comerciales y tensiones geopolíticas en puntos críticos como Taiwán.
Sin embargo, asumir que la historia se repetirá de forma mecánica sería simplista. El sistema global actual está profundamente interconectado. Las cadenas de suministro, los mercados financieros y los flujos de capital crean interdependencias que elevan el costo de un conflicto abierto.
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