Rolando Cordera Campos - Periódico La Jornada
Entre los desafíos estructurales que nos han acompañado, destaca la debilidad crónica de nuestra economía en sus relaciones con el resto del mundo. Para ir superando esta barrera, se optó por contraer deuda con países y prestamistas foráneos, al igual que con los organismos financieros, para apuntalar el desenvolvimiento de los pueblos y estados pobres. Ese recurso dio de sí, y el país hubo de encarar los embates del acreedor y someterse a las normas draconianas diseñadas por los aprendices de brujo que dominaban un mundo que resentía los efectos disciplinarios de los aspirantes a cancerberos de un orden destinado a prohijar más y más desajustes, desorden, desaliento.
Más allá de los ominosos porcentajes con que se quería dibujar el panorama de la cuestión, lo que hoy tenemos que asumir es el daño mayor que los sucesivos “ajustes” para pagar aquella deuda nos asestaron. En diversos renglones de nuestra vida pública y estatal se resintieron esos agresivos impactos que fueron vividos como sometimiento.

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