Carlos Ramírez - El Independiente
Todas las reformas electorales desde el engaño plebiscitario de Benito Juárez en la consulta de agosto de 1867 tienen la intención de someter la estructura organizadora de votación al servicio de la élite gobernante en turno. Todas. Ninguna se ha salvado.
El sistema electoral reventó en las elecciones de julio de 1988 con el fraude organizado por la Comisión Federal Electoral de Manuel Bartlett Díaz como secretario de Gobernación para impedir las posibilidades electorales candidato Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del fundador del Partido de la Revolución Mexicana como estructura corporativa del Estado.
La actual reforma electoral que se cocina en los espacios del Gobierno morenista reproduce puntualmente el método Salinas de Gortari con su propuesta de 1990 para fundar el Instituto Federal Electoral como una réplica –misma gata revolcada– de la CFE de Bartlett. La idea genial de Salinas fuera de crear una estructura intermedia controlable de funcionarios electorales colocados entre las casillas y las autoridades reguladoras y así nació el Consejo Electoral con consejeros designados por la mayoría priista en el Congreso y escogidos entre los académicos funcionales al salinismo y sus aliados intelectuales de la revista (A)Nexos.

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