Samuel García - El Sol de México
Luce como un contrasentido -y lo es-: México decidió crecer poco, porque así lo han diseñado políticos y gobernantes.
Ayer, el Inegi reportó que la inversión volvió a caer en enero, acumulando 17 meses de retrocesos anuales, con cifras desestacionalizadas, arrastrada por la debilidad de la inversión privada. Es una mala señal: la inversión de hoy condiciona el crecimiento de mañana. Pero no explica, por sí sola, el mediocre desempeño de la economía.
Durante años se ha repetido la misma explicación: que la informalidad es el lastre del crecimiento. Es al revés. La informalidad no es la causa, sino el resultado de un sistema que castiga la formalidad y subsidia lo informal. Mientras esa distorsión persista, el país seguirá atrapado en una trampa de baja productividad.
Las cifras no dejan dudas: más de la mitad de la fuerza laboral es informal, pero apenas genera una cuarta parte del PIB. El problema no es solo de tamaño, sino de eficiencia: Capital, trabajo, talento están mal asignados. Como ha documentado Santiago Levy, producir en la formalidad puede generar hasta 40% más valor agregado que hacerlo fuera de ella, pero el sistema incentiva lo contrario. No es una falla del mercado; es una falla del diseño institucional.
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