Hugo Garciamarín - Nexos
El 9 de julio de 2006, apenas una semana después de las elecciones, Andrés Manuel López Obrador se dirigió al país con la voz temblorosa de indignación. No era el tono contenido del tribuno institucional ni el gesto sereno del dirigente en derrota: era la voz colérica de quien se sentía despojado. “Fox es un traidor a la democracia”, dijo. En esas palabras ardía no sólo una acusación, sino una herida que no buscaba consuelo sino restitución. Según López Obrador, la democracia —esa promesa frágil que había iniciado seis años atrás— había sido lastimada por la clase política que supuestamente iban a consolidarla.
Tres días antes, el Instituto Federal Electoral (IFE) declaró ganador a Felipe Calderón por una diferencia mínima de 0.58 %. A los ojos de muchos, no se trató de un resultado cerrado, sino de un fraude, del retorno de viejas prácticas encubiertas bajo nuevas formas. Ese día, el Zócalo volvió a llenarse de voces, pancartas improvisadas en cartulinas y mantas que hablaban de robo y de indignación. López Obrador habló desprendido de sí mismo, ahora creía encarnar un “pueblo” agraviado por los poderosos. “Vamos a demostrar que se han violado los principios rectores del artículo 41 de la Constitución”, advirtió. Mientras, miles de gargantas le respondían: “¡Estamos listos, señor, usted ordene!”.
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