Silvia Ribeiro* - Periódico La Jornada
Los sistemas de inteligencia artificial se expanden y abarcan cada vez más aspectos de nuestra vida cotidiana y de los procesos de producción industrial y otros, como educación y gestión de la salud. Todo ello controlado por unas pocas empresas tecnológicas gigantes, sector de las que provienen los hombres más ricos del mundo. Fortuna que en gran porcentaje se debe a la extracción gratuita y no regulada de datos de las personas y de sus interacciones.
Estamos en contacto diario con la inteligencia artificial, aunque no pensemos en ello, por ejemplo a través de los teléfonos móviles que responden a nuestras preguntas, con el uso de motores de búsqueda electrónica y las muchas otras formas de entregar nuestros datos y preferencias en formularios y tarjetas electrónicas de todo tipo (exigidos por ley por instituciones públicas y privadas, por tarjetas bancarias o de asiduidad de comercios, clubes, etcétera). Datos que no quedan aislados por actividad o empresa, sino que se integran en sistemas informáticos que se pueden conectar entre sí. La mayoría de los datos van a parar a muy pocas nubes informáticas gigantes. Casi la totalidad de los datos electrónicos comerciales, personales y gubernamentales están almacenados en las nubes informáticas de Microsoft, Amazon, Google y pocas más.
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