Arturo Sarukhán - El Siglo de Torreón
El 3 de noviembre se cumplió un año del triunfo electoral de Joe Biden. Pero a un verano espinoso para su política exterior —el repliegue de Afganistán, el choque diplomático con Francia— le siguió un otoño cruento para su política interna: el repunte de COVID-19 con la cepa Delta, inflación y escasez de productos por disrupciones en cadenas de suministro, un Partido Demócrata polarizado entre su ala progresista y legisladores de centro y dos iniciativas de ley —infraestructura y reconciliación presupuestal— de estímulo trascendentales para el éxito de la gestión del presidente y el futuro económico del país secuestradas en el Senado gracias a la intransigencia de dos senadores Demócratas conservadores. Y la puntilla ha sido sin duda la derrota en la elección de Virginia la semana pasada.
No hay manera de dorar esa píldora. Los comicios detonaron ondas sísmicas en el Partido Demócrata e imbuyeron de esperanza al GOP. La campaña para gobernador de Virginia siempre ha sido tratada como un referéndum sobre el ocupante en turno de la Casa Blanca.
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