Es curioso, pero al borde, en medio y en las posdatas de la tragedia humana que los griegos reditaron para la humanidad cuya conciencia y sensibilidad, civilización la llamamos con optimismo, fundaron no faltaron las jeremiadas de los corifeos de la eurocracia que se las arregló por un buen tiempo para esconder la mano y forjar con singular petulancia el mayor déficit que aqueja al continente: el de los pueblos que no se ven ni sienten representados y que, carentes de una constitución propiamente dicha, han navegado al pairo y al amparo de decisiones inconsultas de prueba y error adoptadas por cúpulas atribuladas, pero no por ello menos arrogantes.
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