Por Antonio Navalón – Reporte
Índigo
El hambre
siempre ha sido un condicionante fundamental en la evolución política.
El hambre
fue lo único que justificó que en 1976, con Mao Zedong todavía al frente de la
sociedad china, el mundo tuviera que dedicar ochenta y nueve por ciento de sus
reservas alimenticias para llenar los estómagos del pueblo asiático.
Deng
Xiaoping encaró esa situación, consolidó su poder y arrinconó al hombre que
administró durante unos meses la herencia de quien fuera el Gran Timonier.
Ahora,
desde Occidente, México tiene hambre de justicia. Tiene hambre de que no haya
más corrupción. Tiene hambre de que no usen su cerebro - a través de su
estómago-, para decirle por quién tiene que votar.
Felipe
Calderón Hinojosa acabará su mandato en medio de lo que él mismo empezó:
sangre, sudor y fuego.
Por su
parte, Enrique Peña Nieto, presidente electo, empezará su gobierno en medio de
cifras que evidencian una terrible inflación.
Además,
se tiene la consecuencia de que durante todo un siglo, Estados Unidos de
América, la América profunda, haya sido el lugar más seco, provocando
que únicamente se haya podido cultivar el 25% del total de las tierras
que América necesita.
Por
nuestra parte, los mexicanos nos hemos acostumbrado a vivir con 50
millones de personas que están por debajo del nivel de la pobreza, sin que pase
nada.
Aquí la
diferencia entre la noche y el día, el éxito y el fracaso, la felicidad y la
infelicidad, depende de tener una tortilla más o una tortilla menos. Sin
embargo, pareciera que el gobierno no lo ve.
Sin duda,
la península de Yucatán, como uno de los grandes centros -únicos en el mundo-
de desarrollo agropecuarios, empezará a tener en un universo donde impera el
hambre, una importancia fundamental.
Por fin,
será posible estructurar un programa de desarrollo para un país como México,
basado en la evolución doméstica. Es decir, se da la paradoja de que en países
como Estados Unidos de América y la India, se consumen y se necesitan, sólo 57
por ciento de las reservas totales de comida. Sin embargo, en Estados Unidos se
desaprovecha 40 por ciento y en India casi el 17.
¿Qué
quiero decir? Que mientras ustedes escuchan hablar de la creación de la reforma
fiscal, la reforma política y de la lucha contra la corrupción, en Milpa Alta
-que también está en México- el valor de la tortilla adquiere un sentido
fundamental en la estabilidad política, aunque nadie ponga atención en ello.
En ese
sentido, el sexenio de Enrique Peña Nieto, en un país con capacidades para ser
autosuficiente, desde el punto de vista alimentario pinta bien, siempre y
cuando sus gurús de la economía se olviden un poco de la frustración de los
tipos de interés y le apuesten claramente a un modelo de inversión
agropecuaria.
El mundo
tiene hambre. Mexico tiene hambre. Sin embargo, esa hambre que hará que termine
el mandato de Felipe Calderón Hinojosa con elevadas cifras de inflación nos dan
una oportunidad única de variar el punto de mira y empezar a invertir en
productos como el maíz y en todos aquellos que -desde mucho antes de que
Salinas de Gortari descubriera que en el Nafta estaría la verdad y la vida-,
nos fueron llevando a abandonar la inversión interna para ser sólo buenos
alumnos y hacer la tarea externa.
Es decir,
únicamente nos importó y nos imponía el acuerdo de Washington, el Fondo
Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Peña
Nieto tendrá la oportunidad de gobernar, no como si fuera alumno del MIT o de
Harvard, sino como alguien nacido en Atlacomulco que entiende cómo se planta,
se cultiva y se cosecha el maíz.
Es
cierto, vivimos momentos de crisis, pero el valor de los hombres, máxime de los
gobernantes, se basa en convertir las crisis en grandes oportunidades de
crecimiento. Pronto sabremos si Peña y su equipo deciden pasar a la historia
por lograr el desarrollo mexicano.
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