Enrique Campos Suárez / El
Economista
¿Es
suficiente para ser feliz el vivir en el país con la economía más poderosa del
mundo? ¿Alcanza tener la bandera de la nación que ocupa el segundo lugar en el
medallero olímpico? No lo sabemos, pero la Reserva Federal de Estados Unidos
(Fed) lo quiere conocer.
¿Por qué
quiere Ben Bernanke saber qué tan felices son los ciudadanos de su país?
Básicamente, por un mero interés económico y de eficiencia en las políticas
monetarias.
Ante la
realidad de que se acaban las herramientas monetarias para poder hacer algo
adicional por el bienestar de su país, tal parece que llegó la hora de que la
Fed se ponga creativa.
Más que
buscar convertirse en predicador, el titular del banco central estadounidense
quiere saber algo más que los indicadores económicos. Porque puede crecer el
consumo, aumentar el ingreso o bien, disminuir el desempleo, pero si los
agentes económicos no tienen ánimo, que es algo más que la confianza del consumidor
o el inversionista, la economía se mantiene estática.
Los datos
son fríos y, a veces, alejados del sentimiento de las personas. Por eso crece
entre muchos economistas la tendencia a medir cómo la economía afecta el estado
de ánimo de los sujetos y su interacción con familiares, compañeros, ciudadanos
y amigos.
La
oposición de los más puristas a tomar en cuenta estos datos tiene que ver con
la subjetividad de los sentimientos humanos que pueden conformar eso llamado
felicidad. Su medición no puede ser simplemente un número.
El
Producto Interno Bruto o el Índice Nacional de Precios al Consumidor no
enfrentan el estado de ánimo del precio de la cebolla o el buen humor del
sector acuícola. Simplemente, acumulan resultados y los procesan.
La Fed
tendrá un enorme reto para medir la felicidad de los estadounidenses, puesto
que se trata de un país tan heterogéneo que podría arrojar resultados
verdaderamente incompatibles.
No será
lo mismo ver qué tan felices son los latinos de California con sus cargas
culturales y religiosas, que los hawaianos o los esquimales de Alaska. Además,
un neoyorquino tiene parámetros diferentes a los de un campesino de Wyoming.
El origen
de la medición sistemática de la felicidad está a principios de los años 70 en
el reino de Bután, donde el Índice Nacional de Felicidad no sustituyó el PIB,
pero permitió tener una imagen más clara de los que verdaderamente cuentan: los
individuos.
Medir la
felicidad, al final, toma en cuenta aspectos que se puedan medir. No se trata
de ver el tamaño de la sonrisa o contar las patas de gallo que produce una
carcajada, sino de aquellos aspectos que inciden directamente en el bienestar.
Es una
condición indispensable para llevar a cabo una tarea de esta magnitud que se
trate de un país democrático, de lo contrario, muchos indicadores son
simplemente inexistentes.
O bien,
en un régimen antidemocrático, los resultados serían simplemente los que digan
aquellos que detentan el poder.
China no
podría tener un índice confiable de felicidad, lo que diga Venezuela al
respecto es totalmente intrascendente. Por eso el origen de esto es un país
altamente democrático, como el reino de Bután.
Este país
aportó una fórmula de nueve ingredientes que, de hecho, permitió conformar el
Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas.
Así que
Ben Bernanke tiene mucho trabajo por delante para poder diseñar los indicadores
que le permitan, realmente, tener resultados prácticos que permitan arrojar un
índice de felicidad estadounidense.
En un
caso como el estadounidense, deberán ser tomados en cuenta factores muy
característicos de esa sociedad como la injerencia de los medios de
comunicación, en especial, la televisión. Porque éste es un componente
indispensable de la cultura de ese país.
Deben
vincular la obesidad con la felicidad o infelicidad, como un fenómeno que
rebasa los límites de la salud y se convierte en una participante social.
En fin,
hasta el miedo que puedan tener al terrorismo debería ser considerado en una
medición tan titánica como la que pretende Bernanke para su país.
Ojalá
resulte un éxito el plan de la Reserva Federal de medir estos indicadores que
van más allá de la macroeconomía. Esto, al menos, podría dar un carácter más
sensible a los tomadores de decisiones.
El simple
hecho de considerar estas mediciones implica un cambio en la ortodoxia del
banco central.
No hay comentarios:
Publicar un comentario