Traicionan al ser humano aquellos economistas que preconizan una
política de austeridad a ultranza para combatir la crisis del euro y se
desentienden de sus efectos devastadores, del paro y de la miseria
· Una crisis manejable en sus inicios
se ha convertido en una amenaza para la supervivencia del euro
· El sufrimiento presente no puede
justificarse en nombre de ninguna felicidad futura
José María Ridao / El País
El
director del Bundesbank, Jens Weidmann, declaró recientemente que se
sobrevaloraba el papel que el Banco Central Europeo podía desempeñar en la
solución de la crisis del euro. Interesante y significativa especulación
teórica de un economista con responsabilidades públicas que tiene en sus manos
el presente y el futuro de varias generaciones de europeos; interesante y
significativa especulación, no tanto porque explique la posición del Bundesbank
contraria a que el Banco Central Europeo compre deuda de los países con
problemas o articule cualquier otra forma de actuación como porque revela la
forma en la que el Bundesbank dirigido por Weidmann razona a la hora de tomar
las decisiones económicas que afectan a la totalidad de la Eurozona.
A juzgar
por sus declaraciones, para Weidmann está claro: una especulación teórica
acerca de la sobrevaloración del papel del Banco Central Europeo debe pesar más
que una constatación empírica a la hora de adoptar decisiones para resolver la
crisis del euro. En concreto, debe pesar más que la constatación empírica de
que la política alternativa a la compra de deuda o a la articulación de
cualquier otra forma de actuación por parte del Banco Central Europeo, la
política de austeridad a ultranza que patrocina el Bundesbank bajo la dirección
de Weidmann, lleva dos años provocando nuevos y colosales destrozos sobre los
que ya dejó a su paso la burbuja financiera e inmobiliaria en las economías más
frágiles de la Eurozona.
Gracias a
la política de austeridad a ultranza, donde el desenfreno de la burbuja
financiera e inmobiliaria dejó paro hay más paro; donde dejó déficit hay más
déficit; donde dejó problemas de financiación hay más problemas de
financiación. Una crisis manejable en sus inicios se ha convertido, gracias a
la política de austeridad a ultranza, en una amenaza para la supervivencia del
euro, con su abrumador cortejo de negros presagios.
Nadie duda de que este paisaje económico es
desolador, ni siquiera Weidmann y el Bundesbank. Solo que Weidmann y el
Bundesbank son ya los únicos o casi los únicos en seguir sosteniendo que la
desolación de este paisaje económico no justifica un cambio de rumbo en la
política de austeridad a ultranza adoptada contra la crisis. Hacerlo sería
tanto como reconocer que una constatación empírica, así sea tan clamorosa como
la ruina de Grecia, Irlanda y Portugal, a la que pronto puede seguir la de
España e Italia, y quién sabe si la de toda Europa, debería pesar más que una
especulación teórica acerca de la sobrevaloración del papel del Banco Central
Europeo en la solución de la crisis del euro. Para Weidmann y el Bundesbank,
para los economistas que razonan como Weidmann y el Bundesbank, sería tanto
como un mundo al revés, un mundo en el que las decisiones económicas
responderían a los zafios estímulos de los hechos y no a las exigencias
asépticas de la teoría.
En 1932,
un joven licenciado de la École Normale Supérieure de París, Paul Nizan, se
despidió de los estudios filosóficos a los que se había consagrado hasta
entonces con un iracundo ensayo titulado Los perros guardianes. Nizan
reprochaba a los filósofos de su tiempo extraviarse en una logomaquia de
conceptos que, en último extremo, les servía de justificación para mantener
fuera de su campo de preocupaciones los múltiples problemas que acabarían
desencadenando la catástrofe apenas unos años más tarde. Bien estaba hablar de ananké,
cogito, noúmeno y otras construcciones racionales destiladas desde los
tiempos clásicos, pero, en la perspectiva de Nizan, había llegado el momento de
colocar la filosofía y a los filósofos contra la pared y requerirles su opinión
“sobre la guerra, el colonialismo, la racionalización de las fábricas, el amor,
las diferentes formas de morir, el paro, la política, el suicidio, las medidas
de orden público, el aborto”; en fin, “sobre todos los asuntos que preocupan
verdaderamente al mundo” y que, con mínimas variaciones, son los que le siguen
preocupando, pese a la reverenciada fantasía de que las nuevas tecnologías han
desencadenado una nueva era y una revolución civilizacional.
Si Nizan dirigía este inventario de problemas a la
vez titánico y aproximativo a la filosofía y a los filósofos era porque, a la
altura de 1932, se esperaba de la filosofía y de los filósofos que ofrecieran
las respuestas capaces de conjurar el pavoroso horizonte que comenzaba a
dibujarse.
Hoy, por
el contrario, esas respuestas no se esperan de la filosofía y de los filósofos,
y de ahí que la reiterada cantinela de dónde están la filosofía y los
filósofos, de dónde están los intelectuales en estos tiempos de crisis, parezca
obedecer a la desesperada incongruencia de reclamar que comparezcan los sastres
para sofocar un incendio devorador. Por propia voluntad o por responsabilidad
sobrevenida, el papel de la filosofía y de los filósofos lo ocupan hoy la
economía y los economistas, lo cual no significa que el razonamiento de Nizan
carezca de sentido. Significa, tan solo, que es a la economía y a los
economistas, que es a quienes razonan como Weidmann y el Bundesbank bajo la
dirección de Weidmann, a quienes habría que colocar contra la pared y
requerirles su opinión sobre los asuntos que, para Nizan, preocupaban
verdaderamente al mundo y que, por desgracia, le siguen preocupando.
Requerirles su opinión, si no sobre todos los asuntos inventariados por Nizan,
sí sobre la guerra, el paro, la política, el suicidio; requerirles su opinión,
su modesta opinión, sobre la falta de atención en los hospitales, el deterioro
de la educación pública o el destino de unos europeos que, con una vida de
trabajo a las espaldas, temen verse desasistidos al final de sus días y con sus
ahorros reducidos a simple calderilla. Requerírsela, incluso, sobre “la
tragedia del hombre laborioso y capacitado que consagra su juventud a adquirir
una técnica difícil y que luego se ve envejecer y morir en la miseria, sin que
el mundo le haya ofrecido jamás la ocasión de ser útil y sin que haya podido
probar si servía o no”; una tragedia que recuerda demasiado a la de millones de
jóvenes europeos de hoy, pero que es, en realidad, la descripción que hizo el
periodista español Chaves Nogales de la situación en la que se encontraba
Alemania, precisamente Alemania, por las mismas fechas en las que Nizan
escribió su iracundo ensayo Los perros guardianes.
Interesa
la opinión de la economía y de los economistas, interesa sobre todo la opinión
de la economía y de los economistas que razonan como Weidmann y el Bundesbank
ante la crisis del euro, aunque sea obcecadamente previsible. El sufrimiento
actual, vienen a decir, es el tributo que hay que pagar para alcanzar el
bienestar futuro. Aun teniendo poca o ninguna confianza en la capacidad del ser
humano para aprender de los errores del pasado, era difícil imaginar que la
Europa que renunció a las grandes utopías, que la Europa que quiso unirse a
fuerza de solidaridad y pequeños pasos, que la Europa que se construyó desde el
convencimiento de que el poder político debía impedir el mal y no perseguir el
bien, recuperaría alguna vez la forma de razonar que estuvo en el origen de la
catástrofe. Al menos eso parecía haberlo aprendido Europa, que el sufrimiento
presente no puede justificarse en nombre de ninguna felicidad futura. Incluso
si esa felicidad futura se banaliza hasta el esperpento y, a diferencia de las
grandes utopías del siglo XX, no promete ya un esplendoroso imperio de mil años
ni una idílica sociedad sin clases, sino la singular, la prodigiosa, la épica
conquista de ¡la consolidación fiscal!
“Si un
químico inventa un explosivo, solo habrá actuado como químico y, probablemente,
como buen químico”, escribió Paul Nizan. “Si después promueve el empleo de ese
explosivo contra ciudades, contra obreros en huelga, entonces traiciona al ser
humano aunque siga siendo buen químico, aunque no traicione a la química”.
La
traición al ser humano que está revelando la política de austeridad a ultranza
para combatir la crisis del euro no es la de la química y los químicos; ni
siquiera la de la filosofía y los filósofos; tampoco la de los intelectuales.
Es la traición de la economía y de los economistas, la de cierta economía y la
de ciertos economistas. Clérigos celosos de los conceptos destilados por su
ciencia, se desentienden de los devastadores efectos de aplicarlos sobre los
europeos de hoy, a quienes arrojan sin que les tiemble el pulso, soberbios en
el baluarte inexpugnable de sus especulaciones teóricas, al paro, la miseria,
el miedo y la desesperanza. Exactamente como, referido a la filosofía y a los filósofos,
denunciaba Paul Nizan.
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