Hay que sincronizar los presupuestos nacionales,
coordinar la política económica y mutualizar la deuda
Puede que tengamos que reformar
los Parlamentos y las Constituciones nacionales
Va a ser un camino largo, lleno
de baches y arriesgado
Janis A. Emmanouilidis / El País
Tras la
escalada de la crisis del euro y las decisiones adoptadas en la última cumbre
de la Unión Europea, especialmente el compromiso de los líderes de la UE a
emprender el camino “hacia una verdadera unión económica y monetaria”, tenemos
que preguntarnos qué viene después. Sea cual sea el resultado final, la crisis
actual dará forma de manera fundamental al futuro de la integración europea.
En el
peor de los casos, la crisis de la deuda soberana de Europa podría provocar la
implosión de la Eurozona, con efectos negativos inmediatos para la propia UE.
Afortunadamente, se trata de una situación todavía poco probable, ya que los
países de la UE (tanto dentro como fuera de la Eurozona) parecen dispuestos a
evitar la gran catástrofe económica, financiera, política y social que
implicaría. Pero con el tiempo ha aumentado el peligro de una desintegración
fundamental, llegando hoy a ser un riesgo que no se puede excluir.
Al mismo
tiempo, parece poco probable que los Estados miembros se encuentren preparados
y sean capaces de dar un gran salto hacia unos “Estados Unidos de Europa”, es
decir, una genuina entidad federal en la que acepten renunciar a parte de su
soberanía nacional a una escala sin precedentes.
Si vemos
el historial desde 2010, podemos concluir que el enfoque predominante de la UE
en el futuro previsible será la “improvisación”. Pero, a diferencia del pasado,
las crecientes presiones existenciales sobre la moneda común y la vigilancia
constante por parte de los mercados y los ciudadanos exigirán respuestas
políticas audaces que deberán superar con mucho el mínimo común denominador.
A fin de cuentas, lo más probable es que la
“improvisación ambiciosa” lleve a un mayor grado de integración sui generis
en lo económico y fiscal (especialmente entre los países de la Eurozona), lo
cual incluye una sincronización vinculante de los presupuestos nacionales,
mayor coordinación económica y, finalmente, también alguna forma limitada de
mutualización de la deuda. En otras palabras, para llegar a una solución de la
crisis será necesario profundizar el proyecto europeo, aunque sea imposible
predecir el resultado final, ya que surgirá de un complejo proceso de
conciliación de posiciones divergentes y opuestas, tanto dentro de la UE como
entre los países de la Eurozona.
Los
líderes de la UE han pedido a Herman van Rompuy, presidente del Consejo Europeo,
que desarrolle, en estrecha colaboración con los presidentes de la Comisión
Europea, el Eurogrupo y el Banco Central Europeo, una hoja de ruta para lograr
una “genuina unión económica y monetaria”. El informe final, que se entregará
en diciembre de 2012, debe identificar qué pasos adicionales se pueden tomar
sobre la base de los tratados vigentes de la UE y para qué medidas es necesaria
la modificación de los mismos.
Dada la
urgencia de la crisis, podría plantearse la necesidad de establecer acuerdos
intergubernamentales adicionales y externos al marco de los actuales tratados
de la UE para algunas de las medidas más inmediatas que apunten a un mayor
nivel de integración económica y fiscal y que no sean exigibles en la
actualidad. Este enfoque no debe ser un objetivo en sí mismo, pero podría ser
un mal necesario para evitar el peligro de una implosión del euro.
Sin
embargo, si se desea recuperar la coherencia institucional es necesario
incorporar tan pronto como sea posible a la legislación básica y central de la
Unión los elementos de seguridad jurídica y responsabilidad democrática que son
tan esenciales para el “pacto fiscal” y cualesquiera otros acuerdos futuros
entre los Gobiernos de la UE. Para avanzar hacia una verdadera unión económica
y monetaria también habrá que emprender reformas institucionales más
fundamentales. Este proceso no puede limitarse a los Gobiernos: deberá incluir
al Parlamento Europeo y a los Parlamentos nacionales en el marco de una nueva
Convención Europea.
Asimismo, para alcanzar un mayor nivel de
integración económica, fiscal y política habrá que modificar las Constituciones
nacionales. Es inevitable que la ratificación del nuevo Tratado de la Unión
Europea y la adaptación de las Constituciones nacionales implique la realización
de referendos en varios países. Teniendo en cuenta el rechazo al tratado
constitucional de la UE en 2005 en Holanda y Francia y la creciente frustración
de los ciudadanos europeos con la Unión y su gestión de la crisis, el resultado
sería muy incierto, pero es un riesgo que se debe tomar. El peligro de una
implosión del euro o un potencial abandono de la moneda común puede llegar a
ser argumento suficientemente sólido como para “persuadir” a la mayoría de los
europeos a votar por el sí.
La
“improvisación ambiciosa” será un camino largo, lleno de baches y arriesgado
que probablemente acabe de modo muy diferente de las expectativas actuales. Sin
embargo, antes de que la UE se embarque en esta travesía inevitable e incierta,
sus instituciones y Estados miembros (¡apoyados activamente por el Banco
Central Europeo!) deben crear una red de seguridad que pueda proteger al euro y
a la propia Unión de caer de bruces si en los próximos años la situación se
complica más todavía.
Después
de todo, es probable que la crisis de la deuda siga generando presiones
económicas, fiscales y de mercado. Y, cada vez más, la UE y sus miembros
deberán además hacer frente a los “daños colaterales”: sus consecuencias
inesperadas e indeseadas en los niveles europeo y nacional.
Entre
ellos podemos mencionar un aumento del nacionalismo y el populismo antieuro/UE,
los retos sociales que se agravan en muchos de los países miembros, el
creciente “déficit democrático” en el interior de ellos y en la UE, el ambiente
envenenado entre los países de la UE, y la falta de coaliciones estables y
proactivas que empujen en la misma dirección. Podrían llevar a un punto muerto
que en la situación actual equivaldría a retroceder, poniendo en peligro no
solo las perspectivas de futuro de la integración europea, sino también sus
logros pasados.
En estas
circunstancias, la “improvisación ambiciosa” es el camino más probable y
promisorio. No será fácil ni dará tiempo para la complacencia, pues cabe prever
que la UE siga en estado de crisis por algún tiempo. Pero puede que sea la
única manera de hacerla avanzar.
Janis A.
Emmanouilidis es
analista sénior del Centro de Política Europea.
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