FRANCISCO ROJAS / EL UNIVERSAL
En punto de las ocho de la noche apareció en la
televisión francesa la foto de François Hollande y una cifra: 51.62%:
los franceses habían elegido a un nuevo presidente. Pero lo más
encomiable fue que Nicolás Sarkozy, presidente en funciones y candidato
perdedor, se presentó 20 minutos después ante sus partidarios para
asumir "la responsabilidad de la derrota". Son los frutos del conteo
rápido, la credibilidad en las instituciones y la civilidad democrática.
En una Europa dominada por la idea del adelgazamiento
del Estado y por rígidas políticas de austeridad, las propuestas de
Hollande de complementar la disciplina fiscal con incentivos para el
crecimiento son una bocanada de aire fresco que abre la expectativa de
atenuar la dureza de las medidas impuestas por Alemania y Bruselas para
sortear la crisis de la Unión Europea.
El desempleo en el Viejo Continente afecta a 29
millones de personas, la mayor parte jóvenes, y constituye, a juicio de
los expertos, una seria amenaza para la convivencia social. Explica las
protestas juveniles en muchos países europeos y el dramático ascenso de
los suicidios en Grecia. Los recortes draconianos que han lanzado a la
calle a millones de españoles, griegos, portugueses, irlandeses e
italianos no contribuyen a la recuperación.
La recesión no se limita a Europa; el leit motiv de la
elección presidencial en Estados Unidos será el desempleo, y la
preocupación es tal que Paul Krugman recomienda atender de inmediato
este problema y dejar los ajustes fiscales para la próxima década.
Los nubarrones de Europa y Estados Unidos y la amenaza
de contagio a otras economías, incluyendo a México, exigen considerar
que la salida no depende sólo de la estabilidad macroeconómica, sino de
tener un buen gobierno y un sólido Estado de derecho, es decir, las
bases de un Estado eficaz.
En México carecemos de esto último, y el desempleo y la
pobreza son peores porque afectan a más personas que en España, por
ejemplo; son más profundos y se suman a la violencia y la inseguridad
acentuadas en este sexenio. Las cifras muestran una situación grave. En
11 años de gobiernos panistas, el crecimiento anual promedio de la
economía fue la mitad que el del último gobierno del PRI, a pesar de la
fuerte caída de 1995-1996; la informalidad supera con creces los
paupérrimos empleos formales creados; la pobreza se ha extendido a la
mitad de la población y 21 millones de mexicanos no tienen siquiera para
comer. Los miles de muertos, heridos, desaparecidos y desplazados son
demasiados para un país pacífico como México.
La solución a estos problemas debería ser el centro del
debate político. Enrique Peña Nieto ha impulsado propuestas prácticas;
otros candidatos --con la abierta participación de funcionarios del
Gobierno Federal-- tratan de ocultar los fracasos del presente con
campañas de ataques y una obsesiva fijación en un pasado que se dio en
circunstancias diferentes y no podrá repetirse.
Intensificar la violencia verbal propicia la violencia
física que ha sembrado luto y desesperación en la sociedad y no
contribuye a ganar civilidad. Descalificar de antemano a las
instituciones nos llevó a una división y polarización, en la cual no
debemos volver a caer. Aprovechar investiduras y recursos públicos con
fines electorales es lo último que requiere un México democrático.
Por eso, debemos prestar atención a la lección de
civilidad de Francia, no sólo en la elección, sino en actos como el
homenaje conjunto de Hollande y Sarkozy a los caídos en el Arco del
Triunfo, para mostrar que las diferencias políticas no están encima de
los intereses del país ni rompen la unión de los franceses, como no
deberían poner en peligro la concordia y la unidad de los mexicanos.
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